Dos hombres vivos que ya saben qué heredará su familia
Stefan Thomas es programador, y en 2011 cobró 7.002 bitcoins por hacer un vídeo explicando qué era Bitcoin. Los guardó en un USB cifrado, un IronKey, de esos que se bloquean para siempre al décimo intento fallido de contraseña. Perdió el papel donde la tenía apuntada. Cuando el New York Times contó su historia, ya había gastado ocho intentos. Le quedaban dos. Años después, una empresa de ciberseguridad anunció que había conseguido romper la seguridad de ese modelo de USB y se ofreció a ayudarle. Dijo que no, porque ya tenía compromisos con otros equipos. La última vez que se supo del asunto, el dispositivo seguía cerrado.
James Howells trabajaba en informática en Newport, en Gales. En 2013 tiró a la basura un disco duro con las claves de 8.000 bitcoins, confundido con otro que ya no servía. Se pasó doce años peleando por excavar el vertedero de su ciudad. A principios de 2025 la justicia británica desestimó su demanda, luego le rechazaron el recurso, y meses después él mismo reconoció que abandonaba el intento de comprar el vertedero. Ahí siguen sus bitcoins: bajo toneladas de basura, visibles en la cadena, imposibles de tocar.
Fíjate en lo que tienen en común estos dos hombres, aparte de la cifra. Ninguno ha muerto. Los dos están vivos, lúcidos, y saben exactamente dónde está su dinero. Y aun así no pueden llegar a él.
Ahora hazte la pregunta incómoda: si ellos, que son los dueños, que conocen el sistema, que llevan años intentándolo, no pueden recuperar su propio Bitcoin… ¿qué posibilidad tendría su familia el día que falten?
Ninguna. Su herencia ya está perdida. Se perdió en vida.
Lo esencial
De esto va el artículo de hoy, y te lo resumo en tres frases.
La herencia de tu Bitcoin no se decide al final, ni en el despacho del notario. Se decide el día que eliges cómo guardas tus claves. Una mala autocustodia deriva siempre, siempre, en una mala herencia, porque son la misma cosa mirada en dos momentos distintos.
Si tu sistema depende de tu memoria, tu herencia depende de tu memoria. Si depende de un papel único, depende de que ese papel sobreviva a mudanzas, incendios y limpiezas de cajones. Y si depende de un escondite que solo tú entiendes, le estás pidiendo a tu familia que resuelva, en el peor momento de su vida, un acertijo que tú diseñaste para que nadie lo resolviera.
No se ha perdido poco por esta vía. Las monedas perdidas no se distinguen de las quietas, así que nadie tiene la cifra exacta, pero las estimaciones serias van desde una quinta parte de todo el Bitcoin existente hasta cerca de un tercio. La mayoría no se perdió en hackeos de película. Se perdió así: un papel, un cajón, un olvido.
Tu custodia es tu herencia
Hay una manera muy simple de saber si tu custodia aprobaría el examen. Son tres preguntas, y te animo a respondértelas de verdad, no por encima.
Primera: si mañana olvidaras todas tus contraseñas, ¿podrías recuperar tu Bitcoin? Piensa en Stefan Thomas antes de contestar. Él también creía que ese papel no se iba a perder.
Segunda: si mañana perdieras el dispositivo, el papel o el sitio donde lo guardas, ¿tendrías otra vía? Piensa en James Howells. Un solo disco duro, un solo error, doce años mirando un vertedero.
Tercera, y es la que importa: si mañana faltaras tú, ¿sabría tu familia qué tienes, dónde está y cómo llegar a ello, paso a paso, sin ti? No “más o menos”. Paso a paso. Sin ti.
Si has fallado una, tienes un problema de custodia. Si has fallado la tercera, tienes además un problema de herencia, aunque te sientas perfectamente seguro hoy. Porque esa es la trampa de la mala autocustodia: no avisa. Funciona de maravilla mientras tú estás, y falla exactamente el día que tú no estás para arreglarla.
Esconder no es custodiar
Hay un tercer caso que me parece el más revelador de todos, porque es el del hombre que lo hizo “todo bien” según la lógica del secretismo.
Matthew Mellon era heredero de una de las grandes dinastías bancarias americanas y uno de los primeros inversores de XRP. Murió de repente en 2018, con 54 años, camino de una clínica. Según contaron Forbes y la prensa que siguió el caso, le aterraba que le robaran, así que repartió sus claves por cajas de seguridad de medio Estados Unidos, a nombre de otras personas, sin contarle a nadie el mapa. Su testamento ni siquiera mencionaba que existiera esa fortuna.
Aquí viene lo interesante. Su familia tuvo más suerte que la de la mayoría: buena parte de su patrimonio estaba vinculado a la propia empresa emisora, y los abogados acabaron consiguiendo acceso. Aun así, entre el laberinto que dejó montado y las restricciones para vender, la liquidación tardó años, y por el camino el patrimonio perdió más de la mitad de su valor. Las deudas de su herencia no se terminaron de pagar hasta casi tres años después de su muerte.
Quédate con esa idea, porque desmonta el razonamiento que casi todos hacemos al principio: esconder mejor no es custodiar mejor. Cada capa de secreto que añades contra los ladrones es una capa que también pones contra tu propia familia. La seguridad que se basa en que nadie entienda tu sistema tiene un coste fijo: el día que tú no estés, nadie entenderá tu sistema. El secretismo no distingue entre el ladrón y tu hijo.
La custodia buena hace justo lo contrario: no esconde el acceso, lo reparte. Con un sistema ordenado, escrito, que una persona normal pueda seguir el peor día de su vida.
Cómo se ve una custodia que se puede heredar
No te voy a dar aquí un manual técnico, porque cada caso es distinto y porque los detalles importan menos que el principio. Pero el principio cabe en un párrafo.
Una custodia heredable cumple tres condiciones. Uno: ninguna copia única. Ningún papel, dispositivo o memoria cuya pérdida lo tire todo abajo; el acceso está repartido de forma que perder una pieza no pierde el patrimonio. Dos: ningún punto que dependa solo de ti. Ni de tu memoria, ni de tu ingenio, ni de que tú estés delante para explicarlo. Tres: un manual escrito en idioma de familia, no de informático, que diga qué hay, dónde está y qué pasos seguir, y que viva en un sitio con garantías, no en un cajón. En España, la pieza que cierra el círculo ya existe y la conocen los notarios: el testamento menciona que hay criptoactivos, y la clave viaja aparte, depositada con fe pública, para entregarse solo a quien tú decidas. De esa vía notarial hablé largo en la newsletter anterior.
Si tu custodia actual cumple esas tres condiciones, enhorabuena de verdad, porque eres una rareza estadística. Si no las cumple, no te cuento esto para que te sientas mal. Te lo cuento porque se arregla, y se arregla en vida, que es el único momento en que se puede arreglar.
Por qué te lo cuento
Porque yo fallé las tres preguntas, y no lo supe hasta que ya era tarde.
Antes de Vaultbit trabajé años en una UCI. Allí nada depende de una sola persona: todo se escribe, todo queda apuntado, para que si tú faltas a mitad de turno, quien entra detrás pueda seguir sin que el paciente lo note. Y mientras tanto, mi propio Bitcoin vivía en un único dispositivo, con una sola copia de la semilla, sin una línea escrita para nadie. Perdí una parte importante de lo que tenía. No me hackearon. Fue mi propia custodia, mal montada. Me lo perdí yo solo.
Aquel día entendí lo que hoy te intento transmitir: no perdí solo un dinero. Perdí, sin saberlo, la herencia de mi familia. Las dos cosas eran la misma cosa.
Stefan Thomas sabe dónde está su USB. James Howells sabe en qué vertedero está su disco. Saber dónde está no es tener acceso, y tener acceso hoy no es que tu familia lo tenga mañana. Entre tu Bitcoin y tu herencia solo hay una diferencia: el sistema con el que lo guardas. Revísalo ahora, mientras revisarlo todavía sirve de algo.
Si después de las tres preguntas se te ha quedado el cuerpo raro, no lo dejes pasar. Una hora de orden hoy vale más que cualquier lamento después.
Una hora para poner sobre la mesa qué tienes, cómo lo guardas y qué le faltaría a tu familia para heredarlo.
Daniel Brosed Giral · Fundador de Vaultbit Advisory · Diseño protocolos de custodia porque viví el error.
Preguntas frecuentes
¿Qué tiene que ver perder el acceso en vida con una mala herencia?
Es el mismo fallo visto en dos momentos distintos. Si tu custodia depende de tu memoria, de una copia única o de un escondite que solo tú entiendes, hoy eres tú quien está a un descuido de perderlo todo, y el día que faltes será tu familia la que no tenga ninguna posibilidad. Una custodia que no puedes recuperar tú, no la podrá recuperar nadie. Por eso la herencia no se arregla en el testamento: se arregla en la custodia.
¿Guardar la semilla en un único sitio muy seguro es suficiente?
No, y suele ser el error más caro. Una copia única convierte cualquier accidente (un incendio, una mudanza, un olvido, un fallo del dispositivo) en una pérdida total e irreversible. Y un escondite muy ingenioso tiene el problema contrario: cuanto más difícil es de encontrar, menos posibilidades tiene tu familia de dar con él. La custodia seria no se basa en esconder mejor, sino en repartir el acceso con un sistema que otros puedan seguir.
Si hay testamento, ¿mis herederos podrán recuperar el Bitcoin aunque no encuentren las claves?
No. El testamento da el derecho, pero no el acceso. En España el Bitcoin se hereda como cualquier otro bien, y aun así ninguna sentencia puede mover unas monedas cuya clave privada no aparece. La red de Bitcoin no tiene un botón de devolver al heredero. Si la clave no se transmite con un protocolo, el derecho reconocido en papel no sirve de nada.
¿Cuánto Bitcoin se ha perdido ya para siempre?
Nadie lo sabe con exactitud, porque las monedas perdidas son indistinguibles de las simplemente quietas. Las estimaciones serias van desde alrededor de una quinta parte del total (Chainalysis calculó entre el 17% y el 23% ya en 2017) hasta cifras cercanas a un tercio en análisis más recientes. Millones de bitcoins que siguen visibles en la cadena y que nadie podrá mover jamás.